CONCURSOS, CERTÁMENES, PREMIOS…

La fundación Fondo Internacional de las Artes (FIArt) abaló en el mes de mayo de 2015 un proyecto desarrollado por Marifé Santiago Bolaños para colaborar en la erradicación de la violencia de género en la adolescencia, con el título de “Quiero ser una caja de música” (recordando así a María Zambrano).

Se trataba de una campaña de concienciación, de prevención y de educación contra la violencia de género, destinada a adolescentes a través de la participación de Centros educativos de toda España.

Diez personalidades del ámbito literario y del pensamiento (Antonio Gamoneda, Olvido García-Valdés, Federico Mayor Zaragoza, Fanny Rubio, Inma Chacón, Paloma Pedrero, Esther Bendahan, Jesús Ruiz Mantilla, Mercedes Gómez Blesa, Fernando Marías) presentaron una carta dirigida a adolescentes (entre 14 y 20 años) desde la perspectiva de adultos concienciados contra la violencia de género, expresando su deseo de construir con ellos un mundo capaz de erradicar esta lacra brutal. A partir de ese momento los alumnos participantes debían dar respuesta a una o varias cartas.

Cada Centro podíamos presentar hasta diez cartas.

La última selección correspondía a un jurado de la FIArt.

Se editaría un libro posteriormente con las cartas de origen y las respuestas seleccionadas. Y los beneficios de la venta del libro irán a Save the children para uno de sus proyectos contra la violencia de género en la adolescencia.

Pues bien, una de las cartas SELECCIONADAS y PREMIADAS ha sido la de nuestra alumna MYRIAM COLLADO SÁNCHEZ (actualmente en 2º de bachillerato de Humanidades).

Responde  la carta de Fanny Rubio (catedrática de Literatura de la UCM). Ambas cartas aparecen a continuación.

¡ENHORABUENA MYRIAM!

CARTA DE FANNY RUBIO, Fragmento de Diario

Cuando me decidí por él dejé de salir con mis amigas y de viajar con la familia. Me había convencido de que seríamos felices si no fuese por la interferencia de mis padres y mis amigas posesivas en nuestra relación, e intenté desde el principio darle cada día pruebas fehacientes de mi amor, convencida de que transformaría su pasión inicial.

Poco a poco me fui alejando de mi entorno para darle gusto, grabé su rostro iluminado en mis perfiles de internet para alimentar ego, tatuadas sus iniciales en mis muslos como expresión de mi deseo, y, por supuesto, manteniendo desde el beso primero la conexión de móvil con su número, en posición de cámara mientras dormíamos, separados, de noche. Tenía que ser yo, por encima de todo, su referencia, su cuerpo, su musa, esa “chica buena, pero tan buena” que no era absolutamente nada cuando estaba sin él.

Dijo que me amaba por encima de todo, y por ello debía comprender sus enfados cuando cortaba en seco mis conversaciones con mis compañeros del instituto por temas de exámenes. Los llamaba “esos enanos deficientes” que me quitaban tiempo, que me querían violar o quitarme el portátil. Si yo comentaba que mis amigas no entendían que fuera posesivo, aseguraba que lo decían por envidiosas y mal folladas, salvo Lidia, que sonreía cuando su novio manifestaba estar celoso, la expulsaba del coche cuando no accedía a sus deseos, le robaba el móvil y amenazaba a quien la miraba con partirle la cara.

Solía preguntarme anticipadamente cómo iba a vestirme cada tarde recomendándome tal falda o tal color que me favorecían pero que no eran provocativos. Elegía mis modelos de fiesta o cena, me obligaba entre risas a pesarme en cada farmacia que encontrábamos en nuestros paseos como “dietético” amoroso, y se extendía poco en conversaciones que trataran de la libertad de las mujeres, que interrumpía con insultos a las feministas de la edad de su madre.

Si alguna vez le sugería que se templara, que hablara más suave, que dejara los tacos para cuando festejara los goles de su equipo con los amigos, me llamaba cursi y alguna vez, me pidió permiso para hacer una demostración de lo que era “violencia verdadera”, como la que teníamos en el cine. Y si quería marcharme, o si lloraba de hartura o de tristeza, de pronto él cambiaba de registro, se convertía en el amante entregado al que le parecían deliciosas mis lágrimas, haciéndome cambiar de idea con el piropo de que las lágrimas me ponían superguapa.

Un día mientras iba al instituto, hice recuento de las cosas que había perdido al dejarlo todo por él, y me di cuenta que constituían el mundo entero: los amigos, las amigas, la clase de inglés, los viajes familiares, el silencio de mi habitación, la noche sin el móvil espía, mi cuerpo sin tatuajes, toda una cordillera de vida que estaba sepultada bajo un miedoso abrazo, la amenaza a los demás que me requerían de manera intrascendente, otra música aguardaba más allá de los besos con los que él se apropiara de mi forma de ser y que eran más que besos la losa de mis labios.

Entonces reconocí ante él el daño que nos habíamos hecho y reclamé rotundamente con toda seriedad mi libertad perdida. Le sorprendió, lo aceptó de mala gana, estrechó el plazo del paréntesis que habíamos de respetar, amenazó a lo loco a todo mi entorno, dio 24 horas para modificar la decisión, amenazó con incendiar la red con  mis desnudos a manera de chantaje final. No me importó.

Otro horizonte poblado de sencillos afectos se abría delante de mí despertándome una sonrisa tenue que me afirmaba en la sensación de estar saliendo de un mal trago: la emoción del regreso al ser que fui tras un periodo de ficción condicionada. Tal vez él lo pensaba también mientras se iba alargando la distancia entre mis pasos y los suyos.

 

 

RESPUESTA DE Myriam Collado

 

 

Hola amiga,

Siento que necesitaba escribirte esta carta, porque tú fuiste capaz de confesarme cómo te sentías. Y, ahora, es mi turno. Me toca decirte todo aquello que me callé cuando sufrías, porque no querías escuchar. No te dejaban escuchar.

Uno…dos…tres…Y todo iba bien. Al principio, claro. Él te construyó una ciudad. Con un castillo. Te habló de fantasías. De cómo él podía acabar con el dragón. Tú estarías al mando…Pero, olvidó hablarte de los muros. Olvidó hablarte de que las princesas no son las más poderosas. Olvidó contarte que esa ciudad tendría cámaras de vigilancia en cada esquina. Olvidó hablarte de que solo sería una ciudad con dos habitantes. Y que uno de ellos se convertiría en esclavo. Porque sí, amiga, te utilizó. Durante todo ese tiempo. Él creaba las plantas venenosas que no te dejaban escapar, pero a tus ojos las cortaba. Y si alguna vez le pillabas plantándolas, te mentía.

También podemos hablar de cajas de música. Tú te sentías protegida, cuidada por él, pero lo que no eras capaz de ver era que él decidía cuándo abrir tu mundo. Decidía también cuándo censurarlo. Cuando abría esa hipotética caja, tú te sentías libre, y cuando la cerraba, te sentías protegida. Pero él solo la abría cuando le interesaba que vieras lo que te rodeaba. Si no, no te dejaba libertad para ver con tus propios ojos.

Y poco a poco te consumió. Te apagó. Te volvió ceniza, y solo él sabía cómo avivar el fuego. Te creías a salvo, pero tenías miedo. Él te creaba ese miedo, y lo escondía entre palabras bonitas cuando estabas cerca de la verdad. Era una relación enredada entre telarañas de mentiras. Y si tú querías marcharte, él te enseñaba uno de los hilos en los que perderías más de lo que ganarías. Y claro, tú te quedabas.

Pero, entonces…diez…nueve…ocho…Y te diste cuenta. Y le plantaste cara. Todos lo veíamos, pero tus orejas ya no eran tuyas, al igual que tus ojos, y por tanto, tampoco tu pensamiento.

Y hoy, amiga, quiero decirte que has sido valiente. Que has cortado todos esos hilos. Y que estoy orgullosa de ti por ello. Que has ganado mil veces más de lo que has perdido. Y que aunque te hayan quedado cicatrices, y no sean físicas, la palabra cicatriz implica que se ha curado, que se ha conseguido, y, aunque ha dolido, está superado, y es un triunfo. Siempre se ven como feas. Pero hoy, amiga, tú debes ver esas cicatrices como recordatorio de que has sido una heroína. Hoy, amiga, vuelves a ser tú. Sin comentarios ni rechazos, sin insultos, sin opresiones. Hoy amiga puedes hablar con quien quieras. Puedes dormir sin ser controlada. Hoy, amiga, decides lo que ponerte, decides cómo hablar.

Hoy, amiga, has vuelto a nacer. Bienvenida, te echábamos de menos.