En el XXIX Concurso de Cuentos “Emiliano Barral” (2006-2007), convocado por el IES Andrés Laguna de Segovia a través del Dto. De Lengua Castellana y Literatura, ha resultado ganadora del Premio restringido para estudiantes de Bachillerato y Ciclos formativos de Grado Superior de Segovia IRENE PINILLA HERRERO, por el cuento titulado “Tablillas micénicas”, bajo el pseudónimo de BOOPIS.

 

 

TABLILLAS MICÉNICAS

                        

A través de las lonas del carro una luz mortecina, que antes nos acompañaba, iba escapando hacia el horizonte. El fuego de la cuadriga de Helios cae rendido en el poniente, a nuestra espalda. No hemos avanzado demasiado durante la primera jornada. La marcha ha sido lenta y pesada. Estábamos en plena subida. Desde que partimos, mi mente ha estado cargada de temblores y trompicones como si fueran las piedras que golpean las ruedas del carro quienes me atormentasen.

 

Frente a mí, observo el pequeño y satisfecho rostro de Orestes, mi hermano menor, que tras unos primeros momentos de impaciencia y desasosiego se quedó dormido. Ahora, al llegar la noche y con ella el frío despierta y, bostezando, pregunta cuándo llegaremos a la posada donde nos esperan. Yo no podía dormir. Por lo menos no en este viaje; permanecía erguida junto a mi regia madre tratando, como siempre, de imitarla lo más posible.

 

Me llamo Ifigenia. Hija de Agamenón y Clitemnestra, princesa de Micenas. Nieta de Atreo, descendiente de dioses. He sido elegida esposa de Aquiles.

Habría preferido que el carro de Febo, que arrastra con él a la aurora de rosados brazos, no hubiera sido tan ágil al desplegar su luz sobre las reposadas colinas de Micenas esta mañana. Los árboles perfilaban sus contornos y en el borde de sus hojas aparecían tímidas, diminutas y vibrantes lágrimas cristalinas que, fugaces, desaparecían mezclándose al caer con el suelo de mi tierra. La esfera de oro naciente surgía clara, pero aún débil al fondo, cuando yo, sentada, observaba el último amanecer de mi infancia.

 

Toda mi niñez he vivido en Micenas. Tras los gigantescos muros construidos por los cíclopes, se despliega un lujoso entramado de calles, casas y palacios. Yo residía en el de mayor esplendor: el de Agamenón, el rey más ilustre de los aqueos. De niñas, Electra y yo fingíamos ser unas fugitivas que, sigilosas pero impacientes, trataban de huir de la ciudad intentando vanamente evitar a los vigilantes de nuestro padre, que siempre nos despertaban del sueño y, bajo la orden real de no permitirnos atravesar solas las puertas, nos devolvían a casa. Electra y yo reíamos inocentes a pesar de todo. En una ocasión logramos alcanzar la puerta durante un cambio de guardia. Conquistamos el suelo exterior  por la salida menos usada y conocida de nuestra ciudad: la reservada únicamente para casos de emergencia. Nos dejamos caer rodando y riendo por la ladera, inundadas de felicidad. ¡Qué lejos queda todo aquello ahora! No puedo evitar que algunas lágrimas se deslicen por mis mejillas, pero es un recuerdo entrañable. En aquel momento Electra y yo éramos dos intrépidas y valerosas prófugas capaces de burlar a los soldados del mismísimo Agamenón. Fuimos descubiertas, no obstante, al caer la noche, cuando inquietas y acobardadas llamamos a las puertas de la ciudad para regresar a la protección de sus muros. Entendimos entonces por qué nuestro padre es el rey más temido de todo el Egeo.

-“Señora, todo está dispuesto”.

 

Es la voz de una esclava y no los guardianes de mi hogar, quién me devuelve de súbito a la realidad. Bajamos del carro. La opacidad de la noche sólo nos dejaba ver la luz de la posada. Un hombre desató los caballos que cansados le siguieron hacia la parte posterior del edificio, donde probablemente hubiera una cuadra. Hombre y caballos parecían conocerse bien y seguir un ritual rutinario.

 

A la mañana siguiente serían otros dos briosos animales quienes nos condujeran en nuestro viaje.

 

La posada era humilde, pero confortable. Nos ayudaron a asearnos y a instalarnos en nuestros aposentos, y poco después nos sirvieron la cena. Madre llevaba, bien guardadas, las joyas que me pertenecían desde niña, pero de las que aún no había podido disfrutar. Quizá pudiera llevar puestas las sortijas de oro, collares y diademas al llegar a Áulide para impresionar a Aquiles.

 

¿Cómo será Aquiles? Siempre había querido casarme con un gran guerrero. He oído que Aquiles es un estratega fuerte y veloz, de personalidad firme, joven y audaz. Tal vez sea por esto por lo que Padre en ocasiones hablaba de su atrevimiento y su orgullo. Los soldados de Aquiles son conocidos en toda Grecia por su valor y fiereza. Se dice que son leones.

 

Con las primeras luces del alba, el ruido del comienzo de la actividad en la posada me despierta. ¿O no estoy en una posada, sino despertando de un sueño en mi tierra fiel? Intento con una segunda ojeada que la habitación donde me encuentro sea el palacio de Micenas, pero tengo que admitir finalmente que el viaje de ayer fue real.

 

A pesar de todo estoy extrañada. Mi matrimonio con Aquiles es ventajoso para Micenas y bueno para mí, pero Madre, que dentro de su rectitud nunca ha dejado de expresar de un modo u otro sus emociones, no se muestra alegre ni entusiasmada sino más bien confusa; como yo.

 

Estaba todo ordenado y listo para partir de nuevo, cuando salí de la habitación donde había pasado la noche. Todo ordenado y listo... ¿Entonces, yo...? lo que ocurre es que aún no he logrado encajar mi papel. No sé cuál es mi puesto ni que importancia tiene. No entiendo por qué Padre insiste en que me case tan precipitadamente, en Áulide, no en Micenas; y sabiendo que Aquiles viajará a Troya después de las nupcias. Irá a una peligrosa  guerra tras la que acaso no nos veamos más. Repentinamente un pensamiento oscuro invade, como una enfermedad virulenta, todo mi ser. ¿Me estará usando mi padre como moneda de cambio para que los valerosos soldados de Aquiles guerreen a su lado? Durante un tiempo me planteo temblorosa y aturdida esa posibilidad. No siento nada; sólo la asfixia del temor en mi garganta. El hombre que toda la vida ha llevado una espada acaba siendo afilado y duro como ella. Sé que Agamenón sólo ansía el poder, la victoria, la gloria; y, aunque no pueda comprenderlo, sé que vendería a una hija por otra guerra ganada. Trato de convencerme de que no es así. Mi mente ahora oscila entre la razón y el sinsentido. Por el carro entran lenguas sofocantes del calor seco de finales de mayo. Siento una alegría manchada por gotas de recelo y duda crecientes.

 

Hoy la marcha es mucho más ligera y presta, los caballos más briosos. El tiempo se acaba y me siento sola, muy sola. Como cuando escapaba con Electra fuera de las murallas de Micenas, pero esta vez mi adorada hermana no está conmigo, y nadie va a abrir la puerta.

 

El camino se angosta, se llena de voces. ¿Son los pájaros..., el viento..., mis otras hermanas..., los soldados...?.¿Soy yo misma que estoy empezando a oírme...? Madre se despereza, se retoca el recogido, deja reposar las manos en el regazo, y adopta una expresión que la hace más majestuosa aún que de costumbre. Estamos llegando a Áulide. Proseguimos por el pedregoso camino acercándonos al mar hasta alcanzar a la jauría de naves griegas que esperan fondeadas en la bahía a que los soldados las lleven a Troya. El campamento está en un cerro próximo a las embarcaciones. Cuando comenzamos la subida hacia él, Madre y yo quedamos impresionadas al retirar las lonas del carro y observar anclada en la bahía la grandeza del ejército griego. No eran tantas las flores que sonreían a la primavera en las colinas de Micenas como las naves que, desde el mar, nos observaban en silencio. Prefiero las flores que los barcos de guerra. El carro se detiene suavemente. Inspiro. Cierro los ojos. Al abrirlos observo cómo mi temor desaparece para dejar que todos los nervios de mi cuerpo se expandan y terminen saliendo de mí, al ver cómo un esclavo de Agamenón abre el carro y nos hace una seña para que bajemos. Las piernas me tiemblan. Padre nos recibe sonriente y yo me lanzo a sus brazos, pero él retirándome me besa en la frente y esboza una torpe sonrisa para complacerme. Al separarnos inclina torvamente el rostro y les ordena a unos esclavos que lleven nuestras pertenencias a su tienda.

 

Desde que llegamos al campamento Madre y yo hemos sido el centro de toda la atención. Orestes correteaba animoso a nuestro alrededor. Los esclavos nos escudriñaban con curiosidad, pero sin acercarse demasiado. Va deteniéndose el mundo a nuestro paso para observarnos con asombro unas veces, indiferencia otras, ¿desprecio? Me angustia este camino encajonado. El sacerdote adivino me mira como si ya nos conociéramos, con una complicidad que me cuesta compartir. Me vuelvo hacia una multitud de soldados expectantes e inquietos, que se agarrotan también cuando pasamos. Descubro en sus miradas que mis idolatrados guerreros sólo son asesinos hambrientos de vida. Padre, sin embargo me evita. Me vigila con miradas metálicas, fugaces, que se clavan en el suelo al cruzarse con la mía. No quiere dejarme ver a través de sus ojos. Tienes sus sentimientos ocultos tras un velo: una máscara de inexpresividad. Al fin llegamos a la tienda y nos libramos de la multitud de silenciosos y molestos observadores. Está atardeciendo. Pronto dejará de verse cómo descansan las naves en la playa. El aposento de Agamenón es amplio y lujoso. A pesar de que parte de las posesiones de Padre ya hayan sido trasladadas a su embarcación, en la tienda hay varios lechos con suaves y acogedoras colchas, cortinas y alfombras muy coloridas. Algunas son rojas o anaranjadas, otras azules y verdes. Resulta muy confortable, y más aún el haberme liberado, al entrar, de todos esos rostros que me observaban antes. Soy niña de nuevo y estoy en mi casa. Padre y madre hablan a solas. Yo estoy recostada en una de las camas. ¡Qué bien huele! Veo un frutero en la mesita redonda del rincón. Me abalanzo, como en Micenas, a por una pieza. ¿Cuál coger? Hay uvas, manzanas rojas, como el atardecer, y otras verdes.

-         “Ifigenia…”- escucho dejando caer la fruta que me llevaba a la boca. Es Madre. Me mira con ojos profundos, casi tenebrosos, pero con cariño. Se acerca y me abraza muy fuerte. Yo hago lo mismo sin comprender -…mujer de raza fuerte. Eso significa tu nombre.”- me susurra al oído produciéndome un escalofrío. Al separarnos sigue su rostro tembloroso observándome con ternura. Exprimimos sin pudor intensas miradas de cariño. Ella trata de hablar, pero no puede. Hay algo que le cierra la garganta y la estremece. Por fin logra explicarse, y me dice tratando de ocultar su ira y su dolor que van a sacrificarme. Una sensación de desamparo infinito me invade. Por eso Padre insistía en celebrar aquí mi boda y con tanta urgencia. Cae la noche sobre mí apartando el cielo rojo que ocupaba antes el horizonte. Los vientos no son favorables para llegar a Troya, y el adivino y sacerdote de Artemisa anunció que sólo cambiarían tras mi muerte. No puedo moverme. Mis pies han echado raíces. Madre siente el dolor de la incomprensión por lo que no esperaba. ¿Con qué palabras no inventadas puedo explicar lo que siento? Padre intenta que los soldados aglutinados a la puerta no puedan ver el interior. Se queda plantado, erguido, tieso, decidido. Su alma tiene ya mucho de fibra metálica. Y yo, ¿quién soy ya? ¿caerá sobre mi nombre el olvido tan rápido como el manto gris sobre el cielo rojo? Mi vida lejos de salvar otras llevará a muchas gentes al mundo de los muertos. Los ojos castaños de Agamenón ya no ocultan nada y ahora son de fuego. El enemigo se ha quitado la máscara. Ya no queda lugar para el engaño. Fuera, todos a la vez, como un solo hombre, los soldados aclaman mi muerte, justo cuando más necesitada estoy de compasión. Me cubro el rostro con las manos y entiendo, encogida en el rincón y asustada, que mi sangre se derramará gota a gota y, como hacían las lágrimas del alba en los campos de Micenas, empapará esta tierra extraña hasta que el silencio se haga.